Entrevista a María Cobas
La obra de María Cobas (1982, A Coruña) construye un universo donde lo humano, lo animal y lo simbólico conviven en escenas cargadas de extrañeza y sensibilidad. Su pintura, atravesada por elementos surrealistas y metafóricos, explora cuestiones vinculadas a la identidad, la naturaleza, los vínculos afectivos y la relación entre lo orgánico y lo tecnológico. Arquitecta de formación, su trabajo mantiene una atención especial al espacio, la composición y la construcción psicológica de la imagen.
En tu obra aparece constantemente la idea de hibridación: cuerpos, animales, tecnología, naturaleza... ¿Sientes que esas mezclas hablan más del presente o de algo mucho más ancestral?
Considero que es una mezcla de ambos tiempos. Por una parte, esa hibridación refleja claramente el presente: vivimos rodeados de tecnología y de límites cada vez más difusos entre lo humano, lo artificial y lo natural. Paradójicamente, esta mezcla existe desde siempre. Las mitologías han estado llenas de seres híbridos; al fin y al cabo, el ser humano siempre ha necesitado imaginarse más allá de sus propios límites. Además, en muchas culturas lo híbrido era una manera de expresar vínculo, transformación y respeto hacia otras formas de vida.
Muchas de tus figuras parecen suspendidas en un estado ambiguo, entre la calma y la inquietud. ¿Qué te interesa de ese territorio emocional intermedio?
Me interesa ese territorio emocional porque ahí conviven la vulnerabilidad y la resistencia. Muchas veces, las emociones más profundas no aparecen de manera evidente, sino contenidas, casi en silencio. En mis figuras busco esa tensión: cuerpos o rostros que parecen en calma, pero que dejan entrever una inquietud interna, una memoria o una emoción difícil de definir.
Tu formación como arquitecta sigue estando muy presente en tus pinturas. ¿Cómo influye la arquitectura en la manera en que construyes una imagen?
Mi formación afecta a mi obra, aunque sea de una manera inconsciente. Siempre hay una tendencia a volver a aquello aprendido: las perspectivas, las formas arquitectónicas o la manera de leer el lienzo.
Hay algo muy delicado y amable en la superficie de tus obras, pero al mismo tiempo contienen cierta tensión o incomodidad. ¿Te interesa trabajar desde esa contradicción?
Sí, me interesa mucho trabajar desde esa contradicción. Me atrae la idea de utilizar una apariencia delicada y amable como una especie de umbral que invite a acercarse para después revelar algo más incómodo, frágil e inquietante. Me interesa que la obra genere una sensación ambigua, donde convivan la belleza y la incomodidad, la calma y la incertidumbre. Considero que esa dualidad hace que tengamos que mirar un poco más allá.
En varias de tus piezas, la relación entre lo femenino y lo animal aparece como una especie de alianza simbólica. ¿Cómo nace ese imaginario?
Es parte de mi esencia. Siempre he tenido un gran vínculo con la naturaleza. Esa relación mujer-animal nace de una manera completamente espontánea, como si de forma inconsciente fuese algo necesario en mi obra. Esta hibridación simboliza tanto protección como vinculación y respeto hacia el resto de los seres con los que convivimos.
Tus personajes parecen existir en mundos paralelos, casi como escenarios mentales. ¿Partes de imágenes concretas o trabajas más desde la intuición y el inconsciente?
Trabajo siempre desde el inconsciente. Claro que me influyen todas las cosas que veo y que he visto, pero no utilizo modelos concretos. Lo que sí hago son bocetos previos: tengo libretas llenas de dibujos e ideas que uso a diario para desarrollar posteriormente mis obras.
Hace unos años trabajaba directamente sobre el lienzo, pero con el tiempo me he dado cuenta de que necesito ese proceso previo de reflexión y estudio del color. Aun así, siempre dejo espacio para que durante el proceso aparezcan variaciones.
Tu trabajo habla mucho de conexión, pero también de aislamiento contemporáneo. ¿Crees que hoy estamos más conectados o más desconectados que nunca?
Es paradójico, porque vivimos en una dualidad constante entre conexión y desconexión. Es increíble poder hablar de forma instantánea con alguien que vive al otro lado del mundo o compartir y descubrir lo que se está creando en cualquier lugar. En ese sentido, las tecnologías han generado conexiones muy positivas.
Soy una persona que cree mucho en lo colectivo: unidos podemos llegar a hacer grandes cosas y ser mejores personas desde la comprensión y la compasión. Sin embargo, en la actualidad se percibe una desconexión emocional y física muy fuerte. Considero que uno de los grandes retos actuales es no perder esa conexión con lo real, con nosotros mismos, con el colectivo y con la naturaleza. Creo que debemos hacer un gran esfuerzo en la educación de los más pequeños para que los valores básicos que nos unen no se pierdan.
La naturaleza en tu obra no funciona como paisaje decorativo, sino como algo psicológico o incluso espiritual. ¿Qué representa para ti?
La naturaleza en mi obra parte del respeto y de la conexión profunda que siento con ella. No la veo como un simple paisaje, sino como un espacio vivo que nos contiene y nos refleja. A través de ella hablo de emociones, memoria y transformación, intentando transmitir esa relación íntima y esencial entre los seres que la habitan y su entorno.
¿Qué importancia tiene el color dentro de tu proceso? Hay paletas que generan una sensación casi hipnótica u onírica.
El color tiene un papel muy intuitivo y emocional dentro de mi proceso. No lo utilizo solo desde lo estético, sino como una forma de construir atmósferas y sensaciones. Me interesa cómo ciertas paletas pueden generar calma, tensión o una percepción más onírica, casi suspendida en el tiempo. A través del color intento reforzar esa conexión emocional y sensorial con la obra.
¿Qué artistas, escritoras o referencias han marcado especialmente tu manera de entender la imagen y la pintura?
El primer artista que me fascinó fue Miguel Ángel. Su capacidad para generar volúmenes con ese virtuosismo extremo y esa expresividad me dejó maravillada cuando era muy pequeña. En esa misma etapa de mi vida también me llamó muchísimo la atención la obra de Piero della Francesca.
Un poco más adelante descubrí a Maruja Mallo, cuya obra me parece impresionante por su enorme capacidad creativa. Y después llegaron artistas como Remedios Varo, Leonora Carrington, Artemisia Gentileschi o Louise Bourgeois.
Obviamente, la lista es mucho más extensa.
Para cerrar: un libro, una película y un disco favorito
Libro: Llenos los niños de árboles, de Cristina Sánchez-Andrade.
Película: La princesa Mononoke. Estudios Ghibli
Disco: más que un disco, un grupo: Radiohead.